El Blog de Carmelo Torres | Sergio Hernández Hibrahim.

 

Adiós democracia adiós

   

La denominada “transición política”, esencialmente, no fue más que la imposición forzada (vg) de un consenso político encaminado a garantizar el recambio de la forma de Estado –dictadura versus monarquía parlamentaria- promulgando una constitución homologada al estilo europeo.

En ese recambio las clases trabajadoras se vieron imposibilitadas de salvar sus legítimos intereses, pues “sus” partidos (hablo sobre todo del PCE, excluyendo otras fuerzas de izquierda minoritaria) y sindicatos (fundamentalmente CCOO y UGT) se apresuraron a forzar su propia homologación para fijar un sistema de colaboración de clases; ya digo, al más puro estilo europeo (Alemania, Gran Bretaña, Francia, Italia en menor medida, etc).

En esa especie de solución de continuidad las clases trabajadoras sólo salvaron algunos aspectos modestos: cierto reconocimiento de los derechos sindicales, consolidados parcialmente a través de la jurisprudencia del TC, y su cualidad [incierta y mediatizada, todo hay que decirlo] de interlocutor válido respecto a la fijación de las condiciones de su explotación económica. Antecedente importante fueron los Pactos de la Moncloa, que restringieron la capacidad de las clases subalternas para alcanzar un mínimo nivel de subsistencia. El proceso posterior deambuló a través de un progresivo vaciamiento de los derechos laborales, consolidados a través de los acuerdos a nivel de Estado entre los sindicatos oficialistas y la patronal. En una primera tirada, fue el gobierno de PSOE, después de la caída de la UCD, quien se ocupó de imponer la llamada reestructuración industrial, despidiendo a miles de trabajadores; después se ha extendido un cúmulo de figuras contractuales que han consolidado el empleo precario, cuya incidencia se ha convertido en un factor de inestabilidad económica muy grave para las clases trabajadoras.

Todo el devenir posterior viene marcado por la imposición de los acuerdos interconfederales suscritos entre la patronal y los sindicatos oficialistas estatales, que han tenido una especial incidencia respecto a la “fijación” de los parámetros de la negociación colectiva y sus secuelas de empobrecimiento de la capacidad adquisitiva de l@s trabajador@s.

Guste o no, este es el trasfondo económico que ha venido girando como telón de fondo de un sistema político en el que la democracia tiene nombre y apellidos: estamos inmers@s en la “democracia formal”.

¿Qué significa esto? Existe una cierta libertad de expresión, ciertas libertades de reunión, y el derecho a participar en un carnaval político en el que las opciones son esencialmente idénticas (PSOE, PP, etc ¿qué más da?), de tal modo que es imposible penetrar en un escenario controlado por una capa de individu@s usufructuari@s, que vigilan para que el tinglado no se conmueva.

La capacidad de intervención de la sociedad civil está mediatizada por un cúmulo de cautelas, prevenciones y obstáculos burocráticos, amén de continuas amenazas que se ciernen constantemente contra l@s revoltos@s. Puedes leer lo que desees, puedes clamar contra los abusos y las corruptelas, inútilmente, porque la capacidad del sistema para reproducir el tajo existente entre lo “oficial” y lo “real” es inconmovible. Tal es así que, salvando las obvias diferencias [que son de peso, lo reconozco], a veces me recuerda el régimen que alumbró la restauración de 1876, donde los conservadores y liberales se repartían el poder periódicamente mediante un pacto de alternancia asentado sobre el caciquismo, en el que era imposible penetrar.

Se trata, pues, de una dominación muy compleja, porque el poscapitalismo dispone de una enorme capacidad de integrar cualquier oposición que pueda generarse en su seno, para lo que dispone de múltiples mecanismos, que van desde la marginación y ridiculización de las minorías hasta el combate frontal a través de las amenazas más o menos larvadas, cuando no la franca desarticulación de fuerzas políticas de mayor peso; en todo esto no es nimio el papel que juegan los medios de comunicación.

Esto lo diferencia del capitalismo anterior en el que, desde su inicio, los movimientos de izquierda ostentaban una enorme capacidad de ser identificados claramente como alternativa a las evidentes lacras de una sociedad basada en la explotación económica. Hoy, por el contrario, estamos ante una especie de “tolerancia represiva”, que viene configurando el “forzado consenso” al que me refiero más arriba.

Pero hoy nos enfrentamos a un auténtico salto cualitativo: los últimos resquicios que le quedaban a las clases trabajadoras, su precaria capacidad de supervivencia, estalla ahora por los aires. Literalmente, el decreto del gobierno del Estado rompe el espinazo de las clases subalternas, las hunden en una escasez sin horizonte viable de superación.

Se trata de una auténtica ruptura, porque el consenso se ha ido a hacer bolinas, llevándose los últimos resquicios de democracia y libertades formales que aún malvivían en un sistema corrupto hasta la médula.

¡Al infierno con todo!

Sergio Hernández Hibrahim

Me queda la palabra